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Biblioteca Popular José A. Guisasola





Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa.

Hasta aquí, nada raro. Los príncipes siempre quieren casarse con princesas y viceversa. En la mayoría de los casos, lo consiguen.

Pero este príncipe quería casarse solamente con una verdadera princesa.

Esto nos lleva a pensar que ya en esa época había dificultades para encontrar princesas verdaderas, de modo que la cosa no es tan simple. También nos lleva a pensar que tal vez muchas de las princesas de los cuentos que conocemos no fueran verdaderas, sólo que nadie se tomó el trabajo de verificarlo.

Por lo visto, era común que jovencitas que no tenían un pelo de princesas se hicieran pasar por tales. Si hoy en día es difícil distinguir entre un reloj legítimo y uno trucho, si más de una vez alguien compra un perfume carísimo y resulta ser agua con colorante, o una pulsera que parece de oro y es de lata, o como un primo mío que creyó que comía liebre y era gato, podremos imaginar lo difícil que era entonces distinguir una princesa falsa de una auténtica. Había que andar con cuatro ojos.

Sigue el cuento.

Tanto insistió el príncipe en ese tema, tan empecinado estaba en conseguir por esposa una verdadera princesa, que su familia le aconsejó que diera una vuelta por el mundo para buscar una.

El príncipe montó en su caballo y partió. Fue un viaje duro, como eran los viajes en aquella época. Atravesó montañas escarpadas y bosques sombríos llenos de peligros. Tuvo que defenderse de hechiceros malos y bandidos peores. Durmió en cavernas heladas. Pasó hambre y lo corrieron los osos.

Uno por uno visitó los países vecinos en busca de la princesa verdadera. Después, visitó también los más lejanos, los países que están donde la Tierra se acaba. En algunos, se presentó como príncipe. En otros, como simple palafrenero, para poder espiar de cerca a las princesas cuando tomaban clases de equitación.

Como ver, vio unas cuantas. Pero por una cosa u otra, todas le parecieron sospechosas. Mucho adorno, mucha figura, pero en el fondo ninguna era garantía de sangre azul. Que le faltaba esto, que le sobraba aquello...

El príncipe volvió a su país muy triste. Se derrumbó en el salón del trono y cayó en un profundo desconsuelo.

—¿No estarás exagerando? —le preguntó su madre.

—No, no. Es que dudo, vos sabés que dudo siempre... ¡Qué sé yo! Nunca estoy seguro. Algunas me parecieron más verdaderas que otras. A lo mejor eran, pero ¿y si no eran? ¡Es imposible darse cuenta! Son todas tan... ¿Cómo te puedo explicar?

—¿Y la hija de Leovigildo?

—¡Leovigildo no tiene hijas, mamá!

El palacio estaba impregnado de la pesadumbre del príncipe. En la familia, ya lo veían soltero por el resto de sus días. Una pena, porque no era feo muchacho. Y malo, tampoco. Tenía sus cosas, como todos...

Para distraerlo, le compraron un loro. Lo quería al loro, pero no era lo mismo que una esposa. Se puso cada vez más triste.

Una noche estalló una tempestad horrible. Truenos, relámpagos, viento huracanado... La lluvia había hecho desbordar el foso del palacio y los alrededores eran un lodazal. Nadie se hubiera atrevido a asomar las narices fuera.

Sin embargo, llamaron a la puerta. El anciano rey fue a abrir.

Aquí hay dos detalles llamativos: en los cuentos comunes, las puertas de los palacios siempre las abren los mayordomos. En este no. Fue el propio rey quien se ocupó de abrir la puerta. Esto sólo puede tener dos explicaciones: o acababan de despedir al mayordomo, o era un rey de costumbres sencillas, democrático. Mucho más democrático que su hijo. Parece mentira que un rey capaz de abrir su propia puerta haya criado un hijo tan fruncido a la hora de elegir esposa.

El otro detalle es que el rey era anciano. ¿Por qué siendo un anciano tuvo que molestarse en ir a abrir la puerta? ¿Por qué exponer a un anciano al frío en esa noche de tormenta? ¿Por qué no fue el príncipe, que estaba ahí sin hacer nada? Es chocante.

Sigue el cuento.

En la puerta, había una princesa.


Podemos imaginar entonces este diálogo:

El rey. —Buenas noches. Usted, ¿quién es?

Ella. —Soy una princesa.

¡Pero Dios, qué aspecto tenía! El agua le caía a chorros por el pelo y se escurría por el ruedo del vestido, le entraba por la puntera de los zapatos y le salía por los talones. Estaba de barro hasta las cejas. Daba lástima. ¿Quién iba a creer que era una princesa? Cualquiera la habría tomado por una campesina que había perdido su único cerdo y salió a buscarlo bajo la tormenta.

El rey. —Pase, pase. Así que usted es una princesa... Qué bien. Y dígame una cosa, ¿es verdadera?

Ella. —Sí.

El príncipe estaba, por lo menos, emocionado. La reina dejó el tejido y la miró de arriba abajo sin quitarse los anteojos. Pensó: "Eso lo averiguaremos pronto", pero no dijo nada.

Como a nadie se le niega amparo bajo una tormenta semejante, la presunta princesa fue invitada a pasar la noche en el palacio.

Sin querer que nadie la viera, la reina fue al dormitorio de huéspedes, quitó toda la ropa de cama y puso un garbanzo debajo del colchón. Después fue al desván, bajó a pulso veinte colchones más y los puso también encima del garbanzo. Sobre los veinte colchones, colocó veinte edredones gruesos rellenos con pluma de ganso. Es evidente que faltaba personal de servicio en el palacio.

Era allí donde tenía que dormir la jovencita. Cómo logró trepar y acostarse en esa cama es algo que el cuento no aclara.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, la reina le preguntó qué tal había dormido.

—¡Mal, terriblemente mal! —se quejó ella—. Casi no he podido cerrar los ojos en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que había en la cama! No digo pulgas, sino... He estado acostada sobre algo muy duro y tengo todo el cuerpo lleno de moretones. ¡Es terrible!

Enseguida se puso a mostrar los moretones que tenía en el cuerpo, hasta que la reina le dijo que eso no era necesario.

Pero, gracias al garbanzo, comprendieron que era una verdadera princesa.


Porque sólo una verdadera princesa tiene la piel tan delicada como para sentir un garbanzo a través de veinte colchones y veinte edredones de pluma de ganso. Una persona común ni se da cuenta.

Qué estaba haciendo la princesa bajo la tormenta y de dónde venía es algo que tampoco aclara el cuento.

El príncipe, resplandeciente de felicidad, dijo que la tomaba por esposa. ¡Por fin había encontrado una auténtica princesa! Sin embargo, no se privó de hacerle un reproche a su madre:

—¿Por qué no me explicaste antes la prueba del garbanzo? ¡Hubiera solucionado esto hace rato!

La boda se celebró con toda la pompa que exige un casamiento entre príncipes verdaderos. O sea, gran pompa.

El garbanzo fue depositado en la sala de tesoros del palacio, dentro de una vitrina, sobre una almohadilla de terciopelo azul. Unos dicen que todavía está allí. Otros, que alguien lo echó en el guiso. Si es así, no debe culparse a la cocinera porque tampoco había cocinera.



Este cuento pertenece al libro: Nabuco, etc. / Ema Wolf - Grupo Editorial Norma, 1998.


Fuentes consultadas:

»Lengua a y prácticas de lenguaje 1-Aique
Antología - Pág. 174/177 (Archivo PDF)

»Recurso utilizado: Convertir Imagen A Texto
https://www.imagetotext.info/es/imagen-a-texto

La princesa del guisante
[Cuento infantil - Texto completo]
Hans Christian Andersen



“La lectura abre las puertas del mundo que te atreves a imaginar"

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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